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lunes, 21 de mayo de 2012

Entrevista a Carlos Fuentes


Carlos Fuentes: “Las abuelas son las verdaderas novelistas”

El escritor mexicano falleció el martes 15 de mayo, a los 83 años de edad. Como homenaje a su trayectoria "M Semanal" rescata esta entrevista, donde apreciamos episodios de su vida y de su obra, así como sus pasiones, afanes y amores.

  • 2012-05-19 | Milenio semanal
                                              Ilustración: Waldo Matus

Ana Solares (AS): En unos meses cumplirá 79 años y rebosa energía. ¿Puedo preguntarle de dónde la saca?

Carlos Fuentes (CF): ¡De estar vivo! El día que me muera será el momento de publicar las obras completas y del fin de mi energía. Soy muy disciplinado porque tengo la experiencia, en México, de muchos escritores de café que tenían grandes proyectos cuando estaban sentados en un bar, proyectos ambiciosos de los que hablaban con todo detalle, pero que al final nunca realizaban. Ellos hablaban casi siempre de la inspiración, y entonces a mí me nació una duda sobre qué es la inspiración, cómo llega, dónde se encuentra...

Conozco mil explicaciones sobre eso, pero sólo estoy de acuerdo con una: la que afirma que escribir es un 10 por ciento de inspiración y un 90 por ciento de sudor; hay que ponerse a trabajar. Y eso es lo que yo hago muy disciplinadamente. Quizá porque tengo genes germánicos por parte de mi abuela, pero el hecho es que yo estoy trabajando desde las seis o seis y media de la mañana hasta las 12 del día, y así se producen al menos dos cuartillas más o menos decentes cada día; pero esperar a la inspiración es esperar a Godot.

AS: Es como llevar dos vidas: una muy solitaria, la del creador, y, la otra, una vida social saturada de actos, homenajes, conferencias, premios, viajes, entrevistas. ¿Disfruta del contraste?

CF: Sí. Escribir es un acto muy solitario, es cierto. Por eso agradezco toda esta actividad, el encuentro con otros amigos escritores, con los lectores, porque luego me esperan semanas y semanas de una soledad absoluta. Bueno, no absoluta, porque estamos mi esposa y yo, pero nadie más. En Londres trabajo de siete a 12, después doy una caminata por el cementerio, así no me arrollan los taxis y autobuses que no sé todavía por dónde vienen; luego almuerzo con mi esposa, leo en la tarde, después nos vamos al teatro, al cine, a la ópera... Es una vida muy ordenada y muy solitaria.

AS: Sus obras las vive en México y las escribe en Londres.

CF: Sí, porque en México es diferente desde que me levanto: tomo huevos rancheros a las ocho de la mañana, tortillas, frijoles, y también hay muchos desayunos políticos, así que llega uno a leer un par de horas antes del almuerzo, y ya a las seis hay que ir a prepararse y darse una ducha para acudir a la cena que empieza a las nueve y termina a la una. Y es muy agradable porque están los amigos, la política, intereses, chismes, todo lo que usted quiera, pero no puedo escribir con la concentración con la que lo hago en Europa, porque en Londres tendré tres amigos como máximo, y uno es el policía de la esquina...

AS: Desde niño se forjó su espíritu cosmopolita: nació en Panamá, se educó en Washington, vivió en Buenos Aires, Brasil. Sin embargo, siempre se sintió muy mexicano, jamás perdió la lengua, las raíces con su país y con su pasado.

CF: Mis raíces más profundas son mexicanas. Mi infancia la pasé en Washington, entre los cuatro y los 11 años, de manera que me eduqué en la escuela americana, pero en mi casa se hablaba castellano. Yo era un niño simpático en la escuela, participaba en todo, hasta que un día me volvieron la espalda: fue el día en que el presidente Cárdenas nacionalizó el petróleo y entonces, de pronto, nos volvimos comunistas los mexicanos e inmediatamente se nos empezó a tratar con una gran frialdad y eso me hizo sentir muy mexicano. Mi padre era diplomático, y en ese momento todavía había una revolución mexicana y el país tenía que defenderse. Además fui un niño sin vacaciones porque no coincidían los calendarios escolares en México y en Estados Unidos; de manera que cuando llegaba el mes de junio y las vacaciones en Estados Unidos, yo me iba a la escuela en México para no perder el castellano y me quedaba al cuidado de mis abuelas, que fueron mis verdaderas educadoras.

Las abuelas son las verdaderas novelistas, ya lo sabemos, tienen el acervo de la memoria de los antepasados, las historias más fantásticas. Ellas saben que las mentiras son verdades y que las verdades son mentiras. Todo lo que cuentan uno lo cree, y todos debemos creer lo que ellas quieren que uno crea: que resbalaban por montañas de oro, que los monos araguatos caían desde la selva en el desayuno... Todas estas maravillas que ellas contaban, yo las disfrutaba como la verdad más verdadera. La verdad de la verdad.

AS: ¿Recuerda el momento en que tomó la decisión de hacerse escritor? ¿Fue una determinación consciente?

CF: Tuvo mucha influencia mi padre, que recordaba a su hermano muerto, a mi tío, que se llamaba también Carlos Fuentes, y que era un chico de gran talento que llegó a publicar bastante poesía y que murió muy pronto, a los 21 años, de tifus. Las enfermedades eran más mortales que las balas durante la revolución mexicana.

Mi padre me encaminó mucho hacia la lectura, hacia la literatura y a los siete años ya escribía una revista a mano y a colores. A los 11 años publiqué mi primer cuento en el boletín del Instituto Nacional de Chile, donde estábamos entonces. A los 17 años gané los tres primeros premios en un concurso de cuentos en la escuela en México con distintos seudónimos, pero iban anunciando mi nombre y yo me levantaba a recogerlos. Y eso determinó la carrera política de muchos amigos míos, que en ese instante decidieron rendirse y renunciaron a la literatura para dedicarse a la política. Fui el culpable de algunos políticos del PRI (ríe).

Silvia Lemus viuda de Fuentes y el presidente Felipe Calderón encabezan la guardia de honor ante el féretro de Carlos Fuentes, en Bellas Artes. Foto: Edgard Garrido /Reuters

LA NOVELA, UN GRAN LAGO

AS: Hablábamos de sus comienzos, de su descubrimiento de la literatura, que además fue en español y en inglés. ¿Fue una ventaja el participar de dos mundos, dos idiomas y dos culturas?

CF: Claro, yo tuve la oportunidad de disfrutar de dos mundos literarios infantiles. Cuando era niño, serlo en México significaba leer el Corazón de Edmundo de Amicis, y a Alejandro Dumas y a Julio Verne, y un libro español que leían todos los niños porque nos lo daban las abuelitas y que se llamaba Las tardes de la granja, que trataba sobre un viejito que se sentaba y les contaba historias a los niños, y que era muy lindo. Sin embargo, en Estados Unidos había otros clásicos infantiles que quizá nadie recuerda, como los libros de una niña detective o sobre unos niños aventureros.

Y luego, claro, estaban las lecturas comunes que eran, básicamente, las de clásicos como Mark Twain y Robert Louis Stevenson, así que leí entonces Las aventuras de Tom Sawyer o Huckleberry Finn, y también Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero el más grande deslumbramiento para mí fue leer La isla del tesoro.

Ahí sentí que se abría un universo de posibilidades en el relato. Esa fue la formación de la infancia y una edición ilustrada de tapa dura de El Quijote que no olvidaré nunca. Aún recuerdo aquella tapa con una ilustración bastante sangrienta de Don Quijote luchando a brazo partido contra el rebaño.

AS: Sus obras están llenas de bellas declaraciones de amor hacia la literatura, como ésta que aparece en Diana o la cazadora solitaria: “La literatura es mi verdadera amante, y todo lo demás, sexo, política, religión si la tuviera, muerte cuando la tenga, pasa por la experiencia literaria, que es el filtro de todas las demás experiencias de mi vida”.

CF: A veces eso se desplaza en función del amor, de manera que aunque sea verdad no es totalmente cierto; es una declaración un tanto literaria dentro de una obra literaria. Yo le doy privilegio al amor de mi mujer, de mis hijos y de mis amigos. Sin amor no podría vivir, y sin la literatura quizá sí podría vivir.

AS: Ha demostrado que es capaz de pasarlo todo por el filtro de la literatura, que la creación puede con todo: con la autobiografía, como hizo con Diana o la cazadora solitaria; con la historia, que es parte esencial en obras suyas como Los años con Laura Díaz o La campaña; con la política, protagonista de La silla del águila... ¿Cree que, paradójicamente, la ficción es el único modo, o al menos el mejor, de contar la verdad de cada cosa?

CF: Yo creo que sí. Pero está bien el matiz, porque tampoco es el único, desde luego, porque la poesía es más profunda, más verdadera que la novela. Un poeta nunca tiene que decir “abrió la puerta, dijo buenos días y se sentó”, ¿verdad? Y un novelista sí. Yo creo que la enseñanza y el placer que nos pueden dar las artes plásticas o, sobre todo, la música, que tiene la cualidad y el privilegio de ser un arte totalmente abstracto, de esconder un misterio que nos conmueve y producir la clase de emoción que yo siento al oír a Bach o a Chopin, es comparable o incluso superior a la que pueden darnos Cervantes o Shakespeare. De todas las artes, la música es, sin duda, la que más me intriga. También la pintura, la escultura y a veces el ensayo, que puede ser tan bello como una novela o un poema cuando lo toca Walter Benjamin, por ejemplo. De modo que no privilegio la novela, es simplemente mi coto.

AS: ¿Sigue pensando que la novela es indispensable al hombre, como el pan?

CF: Creo que la novela dice lo que no se puede decir de ninguna otra manera. La novela es como un gran lago y a la vez un gran desagüe de inmundicias. Las aguas más cristalinas y más puras y las aguas más lascivas confluyen todas en la novela, a condición de que sean mentira.

AS: Y la literatura, ¿ayuda también a superar el dolor? ¿Fue para usted un antídoto, un refugio cuando perdió a sus hijos?

CF: Yo he perdido dos hijos muy jóvenes y hay muchas maneras de aceptarlo. De superarlo no, porque no se llega a superar nunca. Mi mujer sufre mucho, y yo al menos tengo el privilegio de asociar a mis hijos a lo que escribo, de sentir que están conmigo y meterlos ahí para tener la sensación de que siguen vivos. Sé que es una ficción, pero es una hermosa ficción.

AS: ¿Le interesa lo que están escribiendo ahora esas generaciones posteriores a la suya? ¿Cree que, en cierto sentido, muchos autores se han visto obligados, para poder hacerse visibles a base de hacerse distintos, a escribir contra el famoso boom?

CF: Bueno, las cosas se suceden, en algunas ocasiones se complementan y en otras se combaten o se intentan negar unas a otras. Hubo lo que podríamos llamar un preboom, que fue propiciado por autores tan importantes como Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias o José Lezama Lima. Luego vinimos nosotros con el famoso boom y después llegaron el postboom, el babyboom, el boom femenino... Y ahora ya se destruyeron las generaciones y mi conclusión es que nadie quiere que le pongan en la piel el estigma de esa horrenda palabra, boom, que parece designar un auge petrolero, financiero, con poco que ver con la literatura y que, sinceramente, no sé quién la inventó. Hoy las cosas ya se llaman de otra manera. Se llama el Crack en México, se llama McOndo en Chile... En fin, que los nuevos movimientos ya tienen una personalidad propia, derivada de la gran diversificación actual de la literatura hispanoamericana.

Carlos Fuentes conversa con Gabriel García Márquez en la UNAM, el 18 de noviembre de 2008.

Carlos Fuentes conversa con Gabriel García Márquez en la UNAM, el 18 de noviembre de 2008. Foto: Darío López-Mills/ AP

ENTRE LA CONFIANZA Y EL AMOR

AS: Su conciencia política nació también muy temprano. Seguramente en ese momento que mencionaba antes, cuando se siente mexicano por vez primera y lo reivindica.

CF: Mi infancia como niño de diplomático, allá en los Estados Unidos, creaba una situación muy clara de tensión. Fui a ver una película cuando tenía ocho años o nueve sobre la independencia de Texas, El Álamo, y en el momento en que se proclamaba la independencia de Texas yo me subí al silloncito y grité “¡Viva México! ¡Mueran los gringos!”, y mi padre, en la butaca de al lado, me callaba la boca. Pero yo me sentía tan mexicano que necesitaba gritarlo en medio de Washington.

AS: ¿Y qué personaje político del momento merecería esa novela que aún no ha escrito? ¿Quizá Hugo Chávez, el presidente de Venezuela? ¿Quizá Fidel Castro?

CF: En general son muy menores. Aunque, claro, Castro tiene una gran personalidad. Estamos hablando de un personaje perpetuado durante medio siglo en el poder. Acosado por los Estados Unidos pero aferrado al poder por los errores de la política norteamericana. Sin esos errores quizá se hubiera ido hace tiempo, pero ellos necesitan mantenerlo en el poder quizá porque les viene bien tener un enemigo fácilmente identificable. Y Cuba siempre fue una colonia, española, americana, rusa... Ahora va a la deriva y yo no sé lo que va a pasar cuando muera Castro, pero deseo lo mejor para Cuba porque es un gran país.

AS: He leído alguna declaración suya muy pesimista en la que asegura que es la peor época que ha vivido en lo político...

CF: Quizá por contraste, porque me tocó vivir un tiempo de gran imaginación política. Yo viví en los Estados Unidos de Roosevelt y tiendo a criticar la política americana por comparación con el Nuevo Trato (New Deal). La gran crisis, la gran depresión del año 29 y cómo se intentó resolverla en Europa con el fascismo, el nazismo, Stalin en la Unión Soviética, la guerra española, la debilidad de las democracias inglesa y francesa, el imperialismo japonés; los mismos problemas de desempleo, de bancarrota, de desplome económico, Roosevelt los resolvió acudiendo al capital social, al capital humano de los Estados Unidos y recuperó un país en paz construyendo, dándonos un ejemplo no sólo para la depresión del año 29 sino para todas las épocas: la confianza en las personas, en la gente. Por eso digo siempre que me merece gran respeto, porque reflotó la economía americana y ganó la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué más se le puede pedir a un estadista?

AS: Y en la política de hoy ¿ya no hay nadie de esa talla en el mundo?

CF: Me ha tocado conocer a algunos estadistas de gran nivel, a algunos los he tratado y apreciado mucho, como, por ejemplo, al que fue presidente de la República Francesa, Francois Mitterrand, un político muy, muy inteligente, o al de Estados Unidos, Bill Clinton, que también lo es, o aquí mismo, en España, Felipe González. Massimo D’Alema, en Italia, es un hombre muy inteligente. Por eso no falta material político de primer orden, pero las condiciones han cambiado mucho. Hemos pasado a esto que se llama la globalización, que yo quisiera llamarla internacionalización para darle un espacio al Derecho. La globalización parece hablarnos sólo de economía, y sin embargo excluye al trabajador y olvida el Derecho. Es una economía para las cosas, en lugar de para los hombres, de manera que si se internacionalizara llegaríamos a un criterio jurídico que es el que me gusta a mí y en el que siempre creí.

AS: La política es el arte de la mentira, decía la protagonista de La silla del águila. ¿Hoy lo sigue siendo o lo es más que nunca?

CF: Sí, yo creo que sí, porque hoy el político tiene que estar consciente de que vive en el mundo de la comunicación inmediata. Ya las declaraciones de un político no las da ni siquiera la prensa escrita, la gran política se hace ahora por televisión: un entrevistador hablando con un hombre de Estado, y ya sabemos cuál es su política o al menos la que quiere que se sepa. Hay un tipo muy inteligente y muy malvado en este momento que es Vladimir Putin, y que yo creo que les está dando la vuelta y media a los demás, que está haciendo circo con los demás. Lo que le hizo a Sarkozy es terrible: lo emborrachó y lo lanzó a las cámaras y no sabía qué decir; él, que es tan elocuente, se presentaba lleno de vodka y obviamente no podía hablar. Cuando le dijeron que le acusan de no ser un demócrata, contestó: “¿Cómo? Pero si soy el único demócrata que queda. Después de Mahatma Gandhi, yo soy el único que queda y el único que habla aún con Gandhi”. Muy literario, desde luego. Hay un gran novelista ruso que se llama Vladimir Putin; no ha escrito ni escribirá nunca La guerra y la paz, Ana Karenina o Crimen y castigo, pero es un gran novelista.

AS: Y respecto a México, el retrato que hacía en su libro Todas las familias felices a través de la voz de los desfavorecidos, era bastante duro; es un libro pesimista. ¿Alberga alguna esperanza, sin embargo, en el actual momento político que está viviendo?

CF: Sí; yo creo que tenemos un problema muy, muy grave, que es el de la violencia, el crimen organizado, el narcotráfico que se ha apoderado de gran parte del territorio y puede acabar apoderándose de todo México porque pueden comprarlo prácticamente todo. El presidente Calderón ha lanzado al Ejército y el Ejército ha sido derrotado por el narcotráfico en pantalla abierta, y la Policía en México es totalmente banal. Entonces, yo he hecho una proposición de que la policía alemana se ocupe de la seguridad en México, y si no, entonces crear un cuerpo de 80 mil guardias nacionales a las órdenes directas del Presidente de la República para impedir que México caiga en un caos delictivo que dé pie para una intervención americana.

AS: Suele hablar del poder exorcizador de la novela, aunque también de su capacidad profética, ¿lo es realmente? ¿Cómo puede una novela exorcizar la violencia o la corrupción, dos de los grandes males de México?

CF: Uno quisiera, pero realmente no es cierto. Ahí siguen la violencia y el crimen organizado.

AS: Pero al menos se contribuye a crear una conciencia.

CF: Eso querríamos, pero es muy limitada. Uno espera que haya una porosidad en la base de las conciencias. Pero es muy difícil que llegue a calar.

AS: El amor es un tema constante en sus obras o, tal vez sería mejor decir la imposibilidad de mantener vivo el amor. ¿Sigue pensando, como dice en Instinto de Inez, que la única plenitud del amor es el instante?

CF: Sí, el amor tiene que ser instantáneo. Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda... Es la gran idea medieval de que el amor más exaltado es el que no se consuma, pero eso la Iglesia lo condenó: la Iglesia quiere que se consumen los amores para que no sean tan apasionados, porque la pasión es lo más peligroso. Entonces, el filo de la navaja entre la pasión y la costumbre se resuelve en el amor verdadero, el amor profundo con una mujer, es como yo entiendo el amor. Yo tengo pasiones y accidentes de todo tipo, pero llevo 32 años de una vida matrimonial muy feliz, muy plena. No la cambiaría por nada.

AS: Cito una frase suya: “No hay peor servidumbre que la esperanza de ser feliz”. ¿Es una servidumbre necesaria, en todo caso?

CF: A mí me impresiona mucho que Estados Unidos contemple el derecho a la felicidad. Eso es algo que nunca se le ocurriría a un español, o un mexicano, a nadie. Sabemos que hay accidentes, que hay caos, intensidad, que la vida se hace en gran medida de desgracia y la felicidad hay que ponerla siempre entre paréntesis, o por lo menos entre comillas. Hace falta un grado de estoicismo para aceptar todo lo que va a pasar con una cierta fuerza del alma. Pero estar esperando siempre la felicidad como una especie de gong divino me parece que es una falsedad y que es una de las desgracias de los Estados Unidos de América.

AS: Usted particularmente ¿dónde la encuentra?

CF: En mi mujer, mi familia, mis amigos y en el acto de la creación. Siempre he dicho que soy un privilegiado porque me levanto y estoy deseando empezar a hacer lo que más me gusta: escribir da trabajo, pero para mí no es trabajar. Yo no siento que trabajo, me levanto ansioso por sentarme a escribir y en medio de una felicidad enorme.

*Versión abreviada de la entrevista a Carlos Fuentes publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 683, mayo de 2007, y que desde 2009 está integrada a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Ana Solanes

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