Carlos Fuentes: “Las abuelas son las verdaderas novelistas”
El
escritor mexicano falleció el martes 15 de mayo, a los 83 años de edad. Como
homenaje a su trayectoria "M Semanal" rescata esta entrevista, donde
apreciamos episodios de su vida y de su obra, así como sus pasiones, afanes y
amores.
- 2012-05-19 | Milenio semanal
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Ilustración:
Waldo Matus
Ana
Solares (AS): En unos meses cumplirá 79 años y rebosa energía. ¿Puedo
preguntarle de dónde la saca?
Carlos Fuentes (CF): ¡De estar
vivo! El día que me muera será el momento de publicar las obras completas y del
fin de mi energía. Soy muy disciplinado porque tengo la experiencia, en México,
de muchos escritores de café que tenían grandes proyectos cuando estaban
sentados en un bar, proyectos ambiciosos de los que hablaban con todo detalle,
pero que al final nunca realizaban. Ellos hablaban casi siempre de la
inspiración, y entonces a mí me nació una duda sobre qué es la inspiración,
cómo llega, dónde se encuentra...
Conozco mil explicaciones sobre
eso, pero sólo estoy de acuerdo con una: la que afirma que escribir es un 10
por ciento de inspiración y un 90 por ciento de sudor; hay que ponerse a
trabajar. Y eso es lo que yo hago muy disciplinadamente. Quizá porque tengo
genes germánicos por parte de mi abuela, pero el hecho es que yo estoy trabajando
desde las seis o seis y media de la mañana hasta las 12 del día, y así se
producen al menos dos cuartillas más o menos decentes cada día; pero esperar a
la inspiración es esperar a Godot.
AS: Es
como llevar dos vidas: una muy solitaria, la del creador, y, la otra, una vida
social saturada de actos, homenajes, conferencias, premios, viajes,
entrevistas. ¿Disfruta del contraste?
CF: Sí. Escribir es un acto muy
solitario, es cierto. Por eso agradezco toda esta actividad, el encuentro con
otros amigos escritores, con los lectores, porque luego me esperan semanas y
semanas de una soledad absoluta. Bueno, no absoluta, porque estamos mi esposa y
yo, pero nadie más. En Londres trabajo de siete a 12, después doy una caminata
por el cementerio, así no me arrollan los taxis y autobuses que no sé todavía
por dónde vienen; luego almuerzo con mi esposa, leo en la tarde, después nos
vamos al teatro, al cine, a la ópera... Es una vida muy ordenada y muy
solitaria.
AS: Sus
obras las vive en México y las escribe en Londres.
CF: Sí, porque en México es
diferente desde que me levanto: tomo huevos rancheros a las ocho de la mañana,
tortillas, frijoles, y también hay muchos desayunos políticos, así que llega
uno a leer un par de horas antes del almuerzo, y ya a las seis hay que ir a
prepararse y darse una ducha para acudir a la cena que empieza a las nueve y
termina a la una. Y es muy agradable porque están los amigos, la política,
intereses, chismes, todo lo que usted quiera, pero no puedo escribir con la
concentración con la que lo hago en Europa, porque en Londres tendré tres
amigos como máximo, y uno es el policía de la esquina...
AS: Desde
niño se forjó su espíritu cosmopolita: nació en Panamá, se educó en Washington,
vivió en Buenos Aires, Brasil. Sin embargo, siempre se sintió muy mexicano,
jamás perdió la lengua, las raíces con su país y con su pasado.
CF: Mis raíces más profundas son
mexicanas. Mi infancia la pasé en Washington, entre los cuatro y los 11 años,
de manera que me eduqué en la escuela americana, pero en mi casa se hablaba
castellano. Yo era un niño simpático en la escuela, participaba en todo, hasta
que un día me volvieron la espalda: fue el día en que el presidente Cárdenas
nacionalizó el petróleo y entonces, de pronto, nos volvimos comunistas los
mexicanos e inmediatamente se nos empezó a tratar con una gran frialdad y eso
me hizo sentir muy mexicano. Mi padre era diplomático, y en ese momento todavía
había una revolución mexicana y el país tenía que defenderse. Además fui un
niño sin vacaciones porque no coincidían los calendarios escolares en México y
en Estados Unidos; de manera que cuando llegaba el mes de junio y las
vacaciones en Estados Unidos, yo me iba a la escuela en México para no perder
el castellano y me quedaba al cuidado de mis abuelas, que fueron mis verdaderas
educadoras.
Las abuelas son las verdaderas
novelistas, ya lo sabemos, tienen el acervo de la memoria de los antepasados,
las historias más fantásticas. Ellas saben que las mentiras son verdades y que
las verdades son mentiras. Todo lo que cuentan uno lo cree, y todos debemos
creer lo que ellas quieren que uno crea: que resbalaban por montañas de oro,
que los monos araguatos caían desde la selva en el desayuno... Todas estas
maravillas que ellas contaban, yo las disfrutaba como la verdad más verdadera.
La verdad de la verdad.
AS:
¿Recuerda el momento en que tomó la decisión de hacerse escritor? ¿Fue una
determinación consciente?
CF: Tuvo mucha influencia mi
padre, que recordaba a su hermano muerto, a mi tío, que se llamaba también
Carlos Fuentes, y que era un chico de gran talento que llegó a publicar
bastante poesía y que murió muy pronto, a los 21 años, de tifus. Las
enfermedades eran más mortales que las balas durante la revolución mexicana.
Mi padre me encaminó mucho hacia
la lectura, hacia la literatura y a los siete años ya escribía una revista a
mano y a colores. A los 11 años publiqué mi primer cuento en el boletín del
Instituto Nacional de Chile, donde estábamos entonces. A los 17 años gané los
tres primeros premios en un concurso de cuentos en la escuela en México con
distintos seudónimos, pero iban anunciando mi nombre y yo me levantaba a
recogerlos. Y eso determinó la carrera política de muchos amigos míos, que en
ese instante decidieron rendirse y renunciaron a la literatura para dedicarse a
la política. Fui el culpable de algunos políticos del PRI (ríe).
Silvia
Lemus viuda de Fuentes y el presidente Felipe Calderón encabezan la guardia de
honor ante el féretro de Carlos Fuentes, en Bellas Artes. Foto: Edgard Garrido
/Reuters
LA NOVELA, UN GRAN LAGO
AS:
Hablábamos de sus comienzos, de su descubrimiento de la literatura, que además
fue en español y en inglés. ¿Fue una ventaja el participar de dos mundos, dos
idiomas y dos culturas?
CF: Claro, yo tuve la oportunidad
de disfrutar de dos mundos literarios infantiles. Cuando era niño, serlo en
México significaba leer el Corazón de Edmundo de Amicis, y a Alejandro
Dumas y a Julio Verne, y un libro español que leían todos los niños porque nos
lo daban las abuelitas y que se llamaba Las tardes de la granja, que
trataba sobre un viejito que se sentaba y les contaba historias a los niños, y
que era muy lindo. Sin embargo, en Estados Unidos había otros clásicos
infantiles que quizá nadie recuerda, como los libros de una niña detective o
sobre unos niños aventureros.
Y luego, claro, estaban las
lecturas comunes que eran, básicamente, las de clásicos como Mark Twain y
Robert Louis Stevenson, así que leí entonces Las aventuras de Tom Sawyer o
Huckleberry Finn, y también Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero el más
grande deslumbramiento para mí fue leer La isla del tesoro.
Ahí sentí que se abría un
universo de posibilidades en el relato. Esa fue la formación de la infancia y
una edición ilustrada de tapa dura de El Quijote que no olvidaré nunca.
Aún recuerdo aquella tapa con una ilustración bastante sangrienta de Don
Quijote luchando a brazo partido contra el rebaño.
AS: Sus
obras están llenas de bellas declaraciones de amor hacia la literatura, como
ésta que aparece en Diana o la cazadora solitaria: “La literatura es mi
verdadera amante, y todo lo demás, sexo, política, religión si la tuviera,
muerte cuando la tenga, pasa por la experiencia literaria, que es el filtro de
todas las demás experiencias de mi vida”.
CF: A veces eso se desplaza en
función del amor, de manera que aunque sea verdad no es totalmente cierto; es
una declaración un tanto literaria dentro de una obra literaria. Yo le doy
privilegio al amor de mi mujer, de mis hijos y de mis amigos. Sin amor no
podría vivir, y sin la literatura quizá sí podría vivir.
AS: Ha
demostrado que es capaz de pasarlo todo por el filtro de la literatura, que la
creación puede con todo: con la autobiografía, como hizo con Diana o la
cazadora solitaria; con la historia, que es parte esencial en obras suyas
como Los años con Laura Díaz o La campaña; con la política,
protagonista de La silla del águila... ¿Cree que, paradójicamente, la
ficción es el único modo, o al menos el mejor, de contar la verdad de cada
cosa?
CF: Yo creo que sí. Pero está
bien el matiz, porque tampoco es el único, desde luego, porque la poesía es más
profunda, más verdadera que la novela. Un poeta nunca tiene que decir “abrió la
puerta, dijo buenos días y se sentó”, ¿verdad? Y un novelista sí. Yo creo que
la enseñanza y el placer que nos pueden dar las artes plásticas o, sobre todo,
la música, que tiene la cualidad y el privilegio de ser un arte totalmente
abstracto, de esconder un misterio que nos conmueve y producir la clase de
emoción que yo siento al oír a Bach o a Chopin, es comparable o incluso
superior a la que pueden darnos Cervantes o Shakespeare. De todas las artes, la
música es, sin duda, la que más me intriga. También la pintura, la escultura y
a veces el ensayo, que puede ser tan bello como una novela o un poema cuando lo
toca Walter Benjamin, por ejemplo. De modo que no privilegio la novela, es
simplemente mi coto.
AS:
¿Sigue pensando que la novela es indispensable al hombre, como el pan?
CF: Creo que la novela dice lo
que no se puede decir de ninguna otra manera. La novela es como un gran lago y
a la vez un gran desagüe de inmundicias. Las aguas más cristalinas y más puras
y las aguas más lascivas confluyen todas en la novela, a condición de que sean
mentira.
AS: Y la
literatura, ¿ayuda también a superar el dolor? ¿Fue para usted un antídoto, un
refugio cuando perdió a sus hijos?
CF: Yo he perdido dos hijos muy
jóvenes y hay muchas maneras de aceptarlo. De superarlo no, porque no se llega
a superar nunca. Mi mujer sufre mucho, y yo al menos tengo el privilegio de
asociar a mis hijos a lo que escribo, de sentir que están conmigo y meterlos
ahí para tener la sensación de que siguen vivos. Sé que es una ficción, pero es
una hermosa ficción.
AS: ¿Le
interesa lo que están escribiendo ahora esas generaciones posteriores a la
suya? ¿Cree que, en cierto sentido, muchos autores se han visto obligados, para
poder hacerse visibles a base de hacerse distintos, a escribir contra el famoso
boom?
CF: Bueno, las cosas se suceden,
en algunas ocasiones se complementan y en otras se combaten o se intentan negar
unas a otras. Hubo lo que podríamos llamar un preboom, que fue propiciado
por autores tan importantes como Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Miguel
Ángel Asturias o José Lezama Lima. Luego vinimos nosotros con el famoso boom
y después llegaron el postboom, el babyboom, el boom
femenino... Y ahora ya se destruyeron las generaciones y mi conclusión es que
nadie quiere que le pongan en la piel el estigma de esa horrenda palabra,
boom, que parece designar un auge petrolero, financiero, con poco que ver
con la literatura y que, sinceramente, no sé quién la inventó. Hoy las cosas ya
se llaman de otra manera. Se llama el Crack en México, se llama McOndo
en Chile... En fin, que los nuevos movimientos ya tienen una personalidad
propia, derivada de la gran diversificación actual de la literatura
hispanoamericana.
Carlos
Fuentes conversa con Gabriel García Márquez en la UNAM, el 18 de noviembre de
2008. Foto: Darío López-Mills/ AP
ENTRE LA CONFIANZA Y EL AMOR
AS: Su
conciencia política nació también muy temprano. Seguramente en ese momento que
mencionaba antes, cuando se siente mexicano por vez primera y lo reivindica.
CF: Mi infancia como niño de
diplomático, allá en los Estados Unidos, creaba una situación muy clara de
tensión. Fui a ver una película cuando tenía ocho años o nueve sobre la
independencia de Texas, El Álamo, y en el momento en que se proclamaba la
independencia de Texas yo me subí al silloncito y grité “¡Viva México! ¡Mueran
los gringos!”, y mi padre, en la butaca de al lado, me callaba la boca. Pero yo
me sentía tan mexicano que necesitaba gritarlo en medio de Washington.
AS: ¿Y
qué personaje político del momento merecería esa novela que aún no ha escrito?
¿Quizá Hugo Chávez, el presidente de Venezuela? ¿Quizá Fidel Castro?
CF: En general son muy menores.
Aunque, claro, Castro tiene una gran personalidad. Estamos hablando de un
personaje perpetuado durante medio siglo en el poder. Acosado por los Estados
Unidos pero aferrado al poder por los errores de la política norteamericana.
Sin esos errores quizá se hubiera ido hace tiempo, pero ellos necesitan
mantenerlo en el poder quizá porque les viene bien tener un enemigo fácilmente
identificable. Y Cuba siempre fue una colonia, española, americana, rusa...
Ahora va a la deriva y yo no sé lo que va a pasar cuando muera Castro, pero
deseo lo mejor para Cuba porque es un gran país.
AS: He
leído alguna declaración suya muy pesimista en la que asegura que es la peor
época que ha vivido en lo político...
CF: Quizá por contraste, porque
me tocó vivir un tiempo de gran imaginación política. Yo viví en los Estados
Unidos de Roosevelt y tiendo a criticar la política americana por comparación
con el Nuevo Trato (New Deal). La gran crisis, la gran depresión del año
29 y cómo se intentó resolverla en Europa con el fascismo, el nazismo, Stalin
en la Unión Soviética, la guerra española, la debilidad de las democracias inglesa
y francesa, el imperialismo japonés; los mismos problemas de desempleo, de
bancarrota, de desplome económico, Roosevelt los resolvió acudiendo al capital
social, al capital humano de los Estados Unidos y recuperó un país en paz
construyendo, dándonos un ejemplo no sólo para la depresión del año 29 sino
para todas las épocas: la confianza en las personas, en la gente. Por eso digo
siempre que me merece gran respeto, porque reflotó la economía americana y ganó
la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué más se le puede pedir a un estadista?
AS: Y en
la política de hoy ¿ya no hay nadie de esa talla en el mundo?
CF: Me ha tocado conocer a
algunos estadistas de gran nivel, a algunos los he tratado y apreciado mucho,
como, por ejemplo, al que fue presidente de la República Francesa, Francois
Mitterrand, un político muy, muy inteligente, o al de Estados Unidos, Bill
Clinton, que también lo es, o aquí mismo, en España, Felipe González. Massimo
D’Alema, en Italia, es un hombre muy inteligente. Por eso no falta material político
de primer orden, pero las condiciones han cambiado mucho. Hemos pasado a esto
que se llama la globalización, que yo quisiera llamarla internacionalización
para darle un espacio al Derecho. La globalización parece hablarnos sólo de
economía, y sin embargo excluye al trabajador y olvida el Derecho. Es una
economía para las cosas, en lugar de para los hombres, de manera que si se
internacionalizara llegaríamos a un criterio jurídico que es el que me gusta a
mí y en el que siempre creí.
AS: La
política es el arte de la mentira, decía la protagonista de La silla del
águila. ¿Hoy lo sigue siendo o lo es más que nunca?
CF: Sí, yo creo que sí, porque
hoy el político tiene que estar consciente de que vive en el mundo de la
comunicación inmediata. Ya las declaraciones de un político no las da ni
siquiera la prensa escrita, la gran política se hace ahora por televisión: un
entrevistador hablando con un hombre de Estado, y ya sabemos cuál es su
política o al menos la que quiere que se sepa. Hay un tipo muy inteligente y
muy malvado en este momento que es Vladimir Putin, y que yo creo que les está
dando la vuelta y media a los demás, que está haciendo circo con los demás. Lo
que le hizo a Sarkozy es terrible: lo emborrachó y lo lanzó a las cámaras y no
sabía qué decir; él, que es tan elocuente, se presentaba lleno de vodka y
obviamente no podía hablar. Cuando le dijeron que le acusan de no ser un
demócrata, contestó: “¿Cómo? Pero si soy el único demócrata que queda. Después
de Mahatma Gandhi, yo soy el único que queda y el único que habla aún con
Gandhi”. Muy literario, desde luego. Hay un gran novelista ruso que se llama
Vladimir Putin; no ha escrito ni escribirá nunca La guerra y la paz, Ana
Karenina o Crimen y castigo, pero es un gran novelista.
AS: Y
respecto a México, el retrato que hacía en su libro Todas las familias
felices a través de la voz de los desfavorecidos, era bastante duro; es un
libro pesimista. ¿Alberga alguna esperanza, sin embargo, en el actual momento
político que está viviendo?
CF: Sí; yo creo que tenemos un
problema muy, muy grave, que es el de la violencia, el crimen organizado, el
narcotráfico que se ha apoderado de gran parte del territorio y puede acabar
apoderándose de todo México porque pueden comprarlo prácticamente todo. El
presidente Calderón ha lanzado al Ejército y el Ejército ha sido derrotado por
el narcotráfico en pantalla abierta, y la Policía en México es totalmente
banal. Entonces, yo he hecho una proposición de que la policía alemana se ocupe
de la seguridad en México, y si no, entonces crear un cuerpo de 80 mil guardias
nacionales a las órdenes directas del Presidente de la República para impedir
que México caiga en un caos delictivo que dé pie para una intervención
americana.
AS: Suele
hablar del poder exorcizador de la novela, aunque también de su capacidad
profética, ¿lo es realmente? ¿Cómo puede una novela exorcizar la violencia o la
corrupción, dos de los grandes males de México?
CF: Uno quisiera, pero realmente
no es cierto. Ahí siguen la violencia y el crimen organizado.
AS: Pero
al menos se contribuye a crear una conciencia.
CF: Eso querríamos, pero es muy
limitada. Uno espera que haya una porosidad en la base de las conciencias. Pero
es muy difícil que llegue a calar.
AS: El
amor es un tema constante en sus obras o, tal vez sería mejor decir la
imposibilidad de mantener vivo el amor. ¿Sigue pensando, como dice en Instinto
de Inez, que la única plenitud del amor es el instante?
CF: Sí, el amor tiene que ser
instantáneo. Abelardo y Eloísa, Tristán e Isolda... Es la gran idea medieval de
que el amor más exaltado es el que no se consuma, pero eso la Iglesia lo
condenó: la Iglesia quiere que se consumen los amores para que no sean tan
apasionados, porque la pasión es lo más peligroso. Entonces, el filo de la
navaja entre la pasión y la costumbre se resuelve en el amor verdadero, el amor
profundo con una mujer, es como yo entiendo el amor. Yo tengo pasiones y
accidentes de todo tipo, pero llevo 32 años de una vida matrimonial muy feliz,
muy plena. No la cambiaría por nada.
AS: Cito
una frase suya: “No hay peor servidumbre que la esperanza de ser feliz”. ¿Es
una servidumbre necesaria, en todo caso?
CF: A mí me impresiona mucho que
Estados Unidos contemple el derecho a la felicidad. Eso es algo que nunca se le
ocurriría a un español, o un mexicano, a nadie. Sabemos que hay accidentes, que
hay caos, intensidad, que la vida se hace en gran medida de desgracia y la
felicidad hay que ponerla siempre entre paréntesis, o por lo menos entre
comillas. Hace falta un grado de estoicismo para aceptar todo lo que va a pasar
con una cierta fuerza del alma. Pero estar esperando siempre la felicidad como
una especie de gong divino me parece que es una falsedad y que es una de
las desgracias de los Estados Unidos de América.
AS: Usted
particularmente ¿dónde la encuentra?
CF: En mi mujer, mi familia, mis
amigos y en el acto de la creación. Siempre he dicho que soy un privilegiado
porque me levanto y estoy deseando empezar a hacer lo que más me gusta:
escribir da trabajo, pero para mí no es trabajar. Yo no siento que trabajo, me
levanto ansioso por sentarme a escribir y en medio de una felicidad enorme.
*Versión abreviada de la
entrevista a Carlos Fuentes publicada en Cuadernos Hispanoamericanos,
núm. 683, mayo de 2007, y que desde 2009 está integrada a la Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes.
Ana
Solanes